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El rincón del Zumbado Parte II: Estrés navideño

Por Thaïs Parvez

Y empieza la cuenta atrás. Barcelona, como la metropolis que presume de ser tan multicultural como Londres o Nueva York, se viste de gala. Luces de colores, aunque cada vez más rácanas, colorean largos paseos. Encontramos cartelitos colgados por las zonas más transitadas de la ciudad deseando un “Bon Nadal i Feliç Any Nou”. Nos perdemos con el olor a abeto en las calles colindantes a la catedral. Nos topamos con niños haciendo cola a las puertas de algunos centros comerciales para ver de cerca a Papá Noel o los Reyes Magos – y porque los padres no les dejan que se líen a hostias, porque por ellos lo harían con tal de conseguir uno de los caramelos rancios de Santa Claus- y cuando parece que todo va bien, como si estuviésemos ahí flotando en un mundo de chuchería colocados gracias al prozac, abrimos bien los ojos y nos percatamos de que no estamos en un anuncio de Benetton, todos felices cogidos de las manos y cantando villancicos al unísono, sino que en realidad ha llegado esa época del año en la que todos nos sentimos un poco Charlton Heston deseando tirarnos de rodillas al suelo, con las manos en la cabeza de forma dramática y montando una escena queriendo decir eso de: “¡Maniáticos! ¡Lo habéis destruido! ¡Os maldigo a todos!”. Es en esos precisos momentos en los que una servidora siempre ha soñado con tener un mando a distancia y apretar el botón de “forward” para que el suplicio pase cuanto antes y pensar eso de: “¡cojonudo, tan sólo me quedan alrededor de 355 días para volver a sentirme como un pez fuera del agua!”

Seamos sinceros, aunque algunas almas precavidas se hayan hecho con todos y cada uno de los presentes que van a ofrecer a sus seres queridos días, semanas o incluso meses antes del jaleo navideño, para la gente mortal como tú y como yo la tarde de Nochebuena es probablemente una de las más estresantes de todo el año, básicamente porque, además de estar de mala hostia por no haber ganado ni un miserable euro con la lotería y por llevar varias mañanas despertándonos con el miedo de que se nos aparezca cantando por la puerta de la habitación uno de los niños de San Ildefonso, contamos con escasos minutos para encontrar el regalo perfecto y a la vez sobrevivir a ese barullo de gente, llamémosles acólitos humanos de pacotilla empujados por el consumismo desmesurado que tienen una única misión en mente y esa es la de dejarte alcanzar tu objetivo, pero con la mayor dificultad posible. De hecho creo que en algún tiempo no muy lejano se creó un grupo de personas, aspirantes a ermitaños, veneradores de monjas de clausura que salen de su nido únicamente esa tarde del año, no para deleitarse con el ambiente navideño, no para comprar regalos, sino por el simple hecho de plantificarse en medio de la calle principal y colapsar las entradas de los centros comerciales para complicarte aún más la ya de por sí pesada tarea de ir de compras en fechas señaladas y poder ver así cumplida su filosofía de: “Si nosotros no podemos disfrutar del mundo exterior durante el resto del año, ellos tampoco lo van a hacer hoy”. Ese tipo de gente vive y respira para ello.

Pero la juerga da su pistoletazo de salida mucho antes. ¡Qué placer tan enorme ensardinarnos en cualquiera de los servicios públicos de transporte o salir a sortear las multitudes entre codazos e insultos por lo bajini por los pasillos del metro! Todos pensamos en los muertos del hombre que está a escasos centímetros de nosotros en el vagón echándonos el aliento a pollo empanado a la cara, pero es época de sonrisas y buenas intenciones y se perdería el alma de la fiesta si se lo soltásemos, así que lo único que se nos ocurre es hacer ver que estornudamos, mientras soltamos un improperio disimuladamente y de paso le medio escupimos un poco para que gire la cara hacia otro lado. Eso sí, con una bonita sonrisa, que vea que ante todo le deseamos unas fiestas inolvidables.

Tras esquivar la muerte (por aplastamiento) caminando por las calles más céntricas de la ciudad, llegamos al establecimiento en el que queremos comprar nuestros regalos navideños, pero por desgracia el trabajo más duro empieza ahí. Lo confieso, admiro profundamente a esa gente que tiene la capacidad suprema de hacerse en un periquete, así sin perder mucho la cabeza, con esa clase de regalos que gustan y a la vez dejan ojipláticos y con el pelo pa’ atrás a quienes los reciben por la emoción y la sorpresa. Expertos del engaño inocente que hacen creer con maestría a otros que han pasado horas barajando posibilidades y pensando qué es lo que más ilusión les hará y les será más útil a sus compañeros y que en el fondo están pensado que es la primera mierda que han visto al entrar en la tienda.

Aunque casi siempre lo prepare todo en el último minuto yo suelo ser de las personas que se lo curran de verdad y de las que de vez en cuando le gusta o de hacer regalos manuales o de obsequiar con items originales. Recientemente buscando por internet encontré la inspiración cuando vi una tienda en la que puedes dar rienda suelta a tu creatividad y diseñar bolsos, carteras o mochilas y algunos hasta utilizando material reciclable. En ese momento me dije a mi misma: “Espérate… espérate, que aún consigo que la de Tous acabe haciendo cola en la fila del paro”. Ahora no es lo mismo que alguien que parezca que tenga un doctorado en moda y estilismo te obsequie con un bolsito de diseño exclusivo que no que venga el típico tío lejano de tu madre, el de Cuenca, ese con la cara de asesino en serie y que tiene ticks raros y la mirada tan enternecedora como Jack Nicholson en “El Resplandor” y te diga: “toma, he visto que a las jóvenes como tú les gusta seguir las tendencias de la Lady Gaga esa” y te saque un bolso hecho con cachos de carne.

Luego me maravillan, pero del asco, aquellas parejas que parece que hayan salido de una novela de Danielle Steel y que también hacen uso de regalos más personales porque su objetivo no es ni más ni menos que restregar al resto del mundo que derrochan felicidad por los cuatro costados. Ella le obsequia a él con una camiseta con esa instantánea que se hicieron el verano pasado cuando fueron de viaje a islas chichinabas y la cual ya ha recorrido todo el universo digital porque era la foto de perfil de ambos en Facebook, Twitter, Google+, Tuenti, Messenger y WhatsApp y él le regala a ella un mp3 con las toda la discografía de Michael Bolton ya insertada.

Y llega el momento de la gran cena familiar o lo que es lo mismo: la noche en que “Piratas del Caribe” cobra vida. Ya nos ves a unos haciendo las mismas muecas que Jack Sparrow y peleándonos por pelar y arrancarle finamente la cabeza a las gambas sin hacer el ridículo ni salpicar a los demás y otros peleándose enconadamente como merluzos por temas políticos o económicos. Todos quieren evitar entrar en ese terreno pantanoso, pero siempre hay un gracioso que prende la mecha y la bomba explota, siempre explota. Primero se da inicio a la batalla verbal de socialistas contra peperos, fachillas contra catalanes independentistas o podemitas contra ciutadans y finalmente se acaba con la batalla campal defendiendo el propio lado de la mesa mirando, tenedor en alza, que el adversario no te robe una loncha de jamón a traición.

Pero la cosa no acaba ahí. Es bonito observar así a una distancia prudencial como degeneran otras cosas durante la gran comilona. Alucinada te quedas viendo como la mujer de tu primo aparece al inicio de la reunión tan espectacular como Charlize Theron en la noche de los Oscar y ocho cervezas, una copa de cava, cinco vasos de vino peleón y dos cubatas después te acojonas por ver que tienes ante tí ni más ni menos que a Carmen de Mairena con la cara de recién levantada.

Tras sobrevivir valientemente una vez más a una de las veladas anuales más espeluznantes a la par que memorables que vayamos a tener en toda nuestra vida y tras repetir la misma jugada unas pocas veces más, el día de Navidad y San Esteban, de putear al personal el día de los Inocentes y de algunas personas perder la vergüenza, otras el conocimiento y algunas hasta las bragas el día de fin de año, llega la noche más mágica del año, esa en la que dejas las puertas y ventanas bien abiertas para que tres tíos muy dejados con la melena guarra y que por lo visto no saben para que leches sirve una Gillette: Fusion, campen por tu comedor a sus anchas, te vacíen la despensa y más preocupante aún es que sorprendan a los más pequeños de la casa no con un puñado de juguetes de la vieja escuela (Playmobils, Pictionaries, Magia Borras, el Robot Emilio y el mítico juego de Operación), sino con un saco lleno de gadgets más propios de un broker de Wall Street que de un niño que no mide ni “medio palmo” del suelo y todo por haberse portado bien durante el año previo.

Si todo ésto no consigue que empieces a considerar el utilizar las neulas que sobraron el día de Reyes para esnifar polvorones es que todavía no has descubierto el verdadero significado de la Navidad, pero para los que sí lo habéis encontrado, sólo cabe decir: “¡Felices fiestas y que te sea leve!”

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